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07 / 02 / 2011

El (mejor) emigrante

María José Navarro. Periodista

Con tanta bronca, tanta crisis y tanta nube negra en el horizonte, está el país para emigrar. Está para irse a ver mundo y volver tras las próximas elecciones, cuando le hayan salido hojas a los árboles que han plantado en el Manzanares y cuando se haya esclarecido finalmente si Pedrito, el del Barça, lleva o no bigote.

Yo tenía mis dudas hace un tiempo (sobre emigrar y sobre Pedrito), pero ha llegado Elvira Lindo y me lo ha dejado claro. Ya sabe la Lindo que yo siempre le hago caso, y eso que emigrar es duro, aunque se sea alto y guapo. Si no, que se lo pregunten a Fernando Torres. Torres, ojito derecho de servidora, está en boca de todos por haber producido un terremoto grado catorce en una escala de cinco. Fernando Torres, capitán de nuestro Atleti cuando aún no tenía bigote (como Pedrito) y único motor encargado de arrastrar toneladas de aficionados deprimidos, fracasos continuos y directivos sin moral, se hartó un buen día tras jugar contra el equipo de Pedrito y emigró. No se fue con boina y gallina pero sí siendo un chavalito y con más responsabilidad de la que se aguanta a su edad.

Llegó a un club histórico y lo rindió a sus pies, y mientras se hacía el ídolo de la afición local, en casa, bajo el signo de Caín, se le tiraba con bala. Pero mientras su figura crecía, la de su club se desvanecía. Mientras se iban buenos jugadores y las deudas ahogaban al equipo, el reloj no se paraba y el historial de Torres, campeón de Europa y del Mundo, no crecía a nivel de club. Ya en el Atleti aguantó más de lo exigible por no defraudar a los suyos, y en el Liverpool le empezaba a pasar lo mismo. Tomó por primera vez la decisión de mirar por él antes que por el resto e imaginamos que, con mucho más dolor que nosotros al pensar en los miles de aficionados a los que rompía el corazón, rompió otro récord.

Los que somos de Torres, que somos muchos y muy forofos, nos alegramos de que tenga posibilidades de ganar más cosas y, a la vez, nos da una pena horrorosa el pensar en la afición de Anfield, tan fiel, tan cálida y ahora tan triste y a la espera de una explicación que sin duda tendrá, conociendo a Torres. Y a Torres, que antes que nada es de los nuestros, le deseamos toda la suerte del mundo y le recordamos que, cuando se harte de ser nuestro mejor emigrante, aquí estaremos esperando.

Columna publicada en el Diario La Razón (04-02-2011)

 

 

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