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Web Oficial de Fernando Torres - F9T
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27 / 06 / 2006

La forja de un campeón

Ramón Marcote. Preparador Físico

Le veo correr, le veo luchar, le veo talento, cada vez le veo más talento, le veo ilusión, le veo derrochar pasión, le veo dejarse el alma y el corazón, y sin duda, le veo querer ser campeón. Y todo eso no es fruto de la casualidad. Eso se lleva dentro, con eso se nace y con eso llegará tan lejos como él quiera llegar.


Todo esto me hace recordar a aquel niño que conocí hace 11 años ya. Era un día cualquiera de una tarde de verano en la Playa de Estorde (en Cee, mi pueblo, en la provincia de La Coruña), donde Fernando y su familia suelen pasar las vacaciones, cuando mi hermano pequeño se acerca con su nuevo amiguete, se llamaba Fernando; era bajito, delgado, espigado, rubio pecoso y tremendamente tímido, pero eso sí, con una mirada decidida y que denotaba una gran seguridad en si mismo. Mi hermano, insistente como ninguno, defendía a capa y espada que este niño era un fenómeno jugando al fútbol porque había fichado por el Atlético de Madrid, y me repetía una y otra vez que tenía que dejarle jugar con nosotros en los partidos que organizamos en la playa.


Así lo hicimos. En uno de los muchos partidos de fútbol que solemos disputar en la arena de la playa le pude ver jugar por primera vez. En una hora de partido no le escuché ni una sola palabra, su timidez se lo impedía, pero sin duda pude ver a un niño con corazón de campeón. Corrió, luchó, peleó... No escatimó ni un solo esfuerzo, no renegó de ninguna pelea, no se acobardó con ningún rival por muy mayor que fuera. Y además, manejaba el balón y el juego de una manera inusual para un niño de su edad. No nos lo podíamos creer, tenía 11 años, estaba jugando con gente de 16- 20 años y se dejó el alma como si fuese el partido más importante de toda su vida. ¡Por Dios, simplemente era un partido en la playa! Nunca podré olvidar ese día porque al finalizar el partido todos nos rendimos ante ese niño, y no pudimos hacer otra cosa que felicitarle.


Ese espíritu de sacrificio unido a un extraordinario dominio técnico y a su capacidad de interpretación del juego para un niño de su edad nos sorprendió a todos. A partir de ese día comenzó a participar en todas las pachangas que se organizaban, ya no tenía que pedir permiso para poder jugar, nosotros le buscábamos para que jugase. Nos había conquistado en un solo partido. Cuando caía la tarde, a eso de las ocho de la noche, la pandilla solíamos organizar un pequeño torneo en la arena seca, lo llamábamos 'el Mundialito'. Lo organizábamos tarde porque a esa hora ya no quedaba mucha gente en la arena de playa…y bueno, un poco de cortesía siempre está bien. Este torneo consistía en un todos contra todos con un solo portero. Los jugadores que conseguían marcar un gol salían de partido y descansaban hasta que tan sólo quedaba uno, que era el eliminado, y así sucesivamente hasta se eliminaban todos los jugadores excepto dos. Estos dos disputaban lo que llamábamos la gran final. Esta gran final la ganaba el primero que lograra tres goles. Como se puede entender este juego era un ‘rompe-piernas’, donde la resistencia y la fuerza solían ser los verdaderos jueces del 'mundialito' mucho más que el propio fútbol.


A pesar de ser tan solo un niño de 11 años, Fernando era de los que solía jugar las finales. Al cabo de los años los finalistas seguíamos siendo casi siempre los mismos, pero si los primeros años, cuando Fernando contaba con 11, 12 o 13 años nos resultaba relativamente sencillo vencerle, cuando ya contaba con 13, 14 y 15 años era Fernando quien contaba sus finales de 'mundialito' por victorias. A medida que se iba haciendo mayor y más fuerte decidimos llevarlo con nosotros a los torneos de verano de fútbol playa que se celebran en pueblos de la Costa de la Muerte. Fueron varios los torneos que disputamos juntos, y hubieran sido más si la profesionalidad no hubiera llamado a su puerta. Nuestro equipo era un equipo de amigos rebosante de ilusión y ganas de disfrutar del verano con el deporte que más nos apasiona, el fútbol. Nunca conseguimos ganar ningún torneo juntos, pero puedo decir que nunca he disfrutado tanto como compartiendo campo con Fernando Torres.


La pasión, el coraje, el pundonor y el amor propio con el que disputaba cada minuto, son dignos de elogio y motivo para sentirme orgulloso, ahora cuando es uno de los futbolistas más importantes de Europa, y sobre todo cuando tan sólo era un niño.


Recuerdo los mundialitos, los torneos de penaltis, los partidos en arena mojada, los campeonatos de fútbol 7 en arena de playa, los torneos de voley playa, las torneos de baloncesto, pero sobre todo recuerdo las risas, las conversaciones, los abrazos, las bromas, los juegos. Recuerdo su timidez, su espontaneidad, su amabilidad, su disponibilidad, su saber estar, su humildad... Y lo que más me enorgullece, es que hoy 11 años después, ese niño que un día conocí en la playa, sigue siendo igual. Y ésta es sin duda su mayor virtud. Ha conseguido crecer tanto que todas sus virtudes personales y futbolísticas han conseguido confluir hasta convertirle en una persona y en un futbolista extraordinarios.


“La forja de un campeón, un futbolista que empezó a ser campeón cuando era niño, y un niño que siempre tuvo alma de futbolista y corazón de campeón”.Su predisposición, su derroche físico y sus manifestaciones creativas cada vez más frecuentes en el juego, intrincadas en un funcionamiento colectivo cada vez más definido de nuestra selección están consiguiendo hacernos vibrar como nunca con ‘la roja’. ¡Gracias España, gracias Fernando! Me emociono al hablar tan libremente del pichichi del mundial, pero es que yo le conocí con 11 años y le vi crecer jugando al fútbol en arena, por lo que para mí sigue siendo un ‘niño’.


Un niño que, ¿por qué no?, y aunque parezca un poco osado permítanme esa licencia, tal vez haya forjado en la arena de la playa de Estorde gran parte de sus virtudes futbolísticas y personales.

 

 

 

Fuente: El Blog de Matallanas, http://mata-dor.blogspot.com

 

 

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